martes, 30 de septiembre de 2025

Sillustani: las torres funerarias que guardan la memoria ancestral del altiplano peruano

¿Sabías que cerca de Puno, junto a la laguna Umayo, se alza uno de los lugares funerarios más impresionantes del altiplano peruano? Son las majestuosas Chullpas de Sillustani, torres funerarias que se levantan sobre una península rodeada por las aguas tranquilas de la laguna, reflejando el cielo del altiplano y guardando en silencio siglos de historia.

Estas estructuras fueron construidas entre los siglos XIV y XVI por la cultura Qolla, uno de los señoríos más poderosos del altiplano, y posteriormente perfeccionadas por los incas, quienes reconocieron en ellas un símbolo de poder y sabiduría ancestral. Las chullpas, algunas de más de 12 metros de altura, fueron edificadas con enormes bloques de piedra finamente tallados y ensamblados con una precisión que aún asombra a los arqueólogos. Cada una tiene una puerta orientada al este, lugar por donde nace el sol, representando el renacer de la vida en la cosmovisión andina.


En su interior se colocaban los cuerpos momificados de los jerarcas y personajes de la élite Qolla, acompañados de sus familiares, sirvientes y animales domésticos. Junto a ellos se depositaban ofrendas funerarias, como cerámicas decoradas, objetos de oro y plata, textiles y alimentos, símbolos de una vida que continuaba en el más allá. Estas prácticas reflejan la profunda creencia de los antiguos andinos en la circularidad de la vida y la muerte, donde cada despedida era también un retorno.

Entre todas las torres destaca la famosa Chullpa del Lagarto, reconocida por una figura tallada en forma de reptil en una de sus piedras. En su interior se encontraron los restos de un niño prehispánico, un perro y cerámicas rituales, hallazgos que fueron documentados por la Dirección Desconcentrada de Cultura de Puno. Estos vestigios no solo revelan la complejidad de los ritos funerarios, sino también la estrecha relación entre los humanos y los animales, ambos considerados guardianes del tránsito hacia el otro mundo.

Las chullpas de Sillustani no fueron simples tumbas. Fueron templos de memoria, monumentos que representaban la conexión entre el mundo terrenal, el mundo de arriba y el mundo de abajo. Su forma circular simboliza la eternidad, y su altura, la unión entre los tres planos cósmicos. En este lugar, los antiguos Qolla realizaban ceremonias para honrar a los mallquis, los ancestros protectores de la comunidad, cuya presencia era invocada en momentos de siembra, cosecha o dificultad.

La laguna Umayo, que abraza el sitio arqueológico, también tiene un carácter sagrado. Para los pueblos andinos, el agua era fuente de vida, fertilidad y purificación. Los cerros que rodean el paisaje eran considerados apus tutelares, espíritus guardianes que velaban por la armonía entre el ser humano y la naturaleza.

Hoy, Sillustani es un destino turístico y espiritual que atrae a visitantes de todo el mundo. El sitio está protegido por el Ministerio de Cultura del Perú como Patrimonio Cultural de la Nación, y continúa siendo objeto de estudios arqueológicos que revelan la grandeza y la sensibilidad simbólica de la cultura Qolla.

Visitar Sillustani no es solo recorrer un sitio arqueológico, sino viajar al corazón de la memoria andina. Es contemplar cómo la piedra, el agua y el cielo se unen para contar una historia sobre la vida, la muerte y la eternidad. Un testimonio vivo de que nuestros antepasados no construyeron solo monumentos, sino también puentes entre el pasado y el presente.

 

La historia no contada de Catalina Buendía, la afroperuana que envenenó a los invasores chilenos por amor al Perú

¿Sabías que en Ica existió una mujer afroperuana que se enfrentó a los invasores chilenos durante la Guerra del Pacífico? Su nombre fue Catalina Buendía de Pecho, conocida en la historia popular como la Heroína de Ébano. Su memoria sigue viva entre los pobladores de San José de Los Molinos, un distrito enclavado entre valles y quebradas, donde las tradiciones afroperuanas y campesinas aún laten con fuerza.

Durante la Guerra del Pacífico (1879-1883), el Perú enfrentó una de las etapas más duras de su historia. Las tropas chilenas, tras ocupar Lima, avanzaron hacia el sur con el objetivo de dominar las zonas agrícolas y estratégicas. Fue en ese contexto que Catalina, una mujer de raíces afroperuanas y espíritu indomable, se convirtió en símbolo de resistencia en su tierra.

Según los registros del Ministerio de la Mujer y Poblaciones Vulnerables en el documento Las Mujeres del Bicentenario, Catalina Buendía es reconocida como una de las figuras femeninas que participaron activamente en la defensa de su comunidad. Su nombre también aparece en el libro Mujeres que forjaron el Perú de Bruno Polack, donde se destaca su valentía, liderazgo y compromiso con la libertad de su pueblo.

Los relatos orales transmitidos de generación en generación cuentan que, cuando las tropas chilenas se acercaron al valle, Catalina organizó a sus vecinos, muchos de ellos campesinos sin armas ni entrenamiento militar. Con ingenio y determinación, los condujo a construir trincheras improvisadas y muros de piedra, decididos a resistir el avance enemigo con lo poco que tenían.

Pero Catalina sabía que no podrían vencerlos en combate directo. Entonces, según la tradición local, ideó un plan audaz y arriesgado: preparó chicha de jora, bebida ancestral andina, y la mezcló con piñón, una planta tóxica conocida por sus propiedades venenosas. Con una mezcla de astucia y valor, ofreció la bebida a los soldados invasores como gesto de paz. Para demostrar su sinceridad, ella misma bebió primero, un acto que, según las versiones populares, selló su destino y su sacrificio. Se dice que aquel acto debilitó al enemigo, aunque le costó la vida.

Más allá de los detalles que la historia oficial aún no ha podido documentar con precisión, el pueblo de San José de Los Molinos mantiene viva su memoria. En esta localidad existe un monumento en su honor, símbolo del respeto y la gratitud hacia una mujer que encarnó la valentía, la identidad afroperuana y la dignidad de su pueblo frente a la adversidad. Cada año, la comunidad recuerda su gesta como un ejemplo de coraje y amor por la tierra.

Catalina Buendía de Pecho representa a miles de mujeres invisibilizadas por la historia oficial, mujeres que lucharon sin uniforme, sin rango militar, pero con una fuerza interior inquebrantable. Su historia invita a reflexionar sobre el papel de las mujeres afrodescendientes en los procesos históricos del Perú, muchas veces omitidas en los libros escolares, pero fundamentales en la defensa, reconstrucción y memoria del país.

Hoy, su legado inspira a nuevas generaciones que buscan rescatar las voces silenciadas de nuestro pasado. Catalina no sólo defendió su territorio; defendió la dignidad, la identidad y la libertad de su gente. Su historia —mezcla de hechos comprobados, memoria local y relato popular— sigue siendo un faro que ilumina la herencia afroperuana y el valor femenino en la historia nacional.

Catalina Buendía de Pecho es, sin duda, una heroína del pueblo. Una mujer que eligió luchar con lo que tenía a su alcance, que enfrentó la violencia con sabiduría ancestral y que prefirió morir de pie antes que rendirse. Su ejemplo trasciende el tiempo y nos recuerda que la resistencia no siempre se libra con armas, sino también con el corazón y la convicción de que la libertad vale cualquier sacrificio.

jueves, 18 de septiembre de 2025

 

Toritos de Pucará: Guardianes de la prosperidad en los Andes



Entre las montañas y altiplanos del sur del Perú, hay un símbolo que adorna techos y corazones: los Toritos de Pucará. Estas pequeñas esculturas de cerámica, coloridas y llenas de significado, nacen en el distrito de Pucará, en Puno, cuna de una de las tradiciones artesanales más antiguas del país.

Su historia se remonta a la época colonial, cuando el toro, traído por los españoles, se integró a las creencias andinas. Los artesanos de Pucará transformaron este animal en un amuleto protector y de abundancia, combinando símbolos de la cosmovisión andina con elementos del catolicismo.

Colocar un par de toritos sobre el techo de las casas es una costumbre que persiste hasta hoy. Se cree que estos guardianes traen prosperidad, fertilidad, protección y buenas energías al hogar. Además, representan la unión de la pareja y el equilibrio en la vida familiar.

Cada pieza es única: pintada a mano, decorada con detalles minuciosos y bendecida por las manos de artesanos que han heredado su arte de generación en generación. Con el tiempo, los Toritos de Pucará han trascendido las fronteras del altiplano, convirtiéndose en un símbolo de identidad cultural peruana reconocido en todo el mundo.

Llevar un torito no es solo llevar un recuerdo del Perú: es llevar consigo una tradición viva, un pedazo de historia y la fuerza espiritual de los Andes.



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Martín Chambi: El fotógrafo quechua que inmortalizó el alma de los Andes

¿Sabías que uno de los fotógrafos más influyentes del mundo fue un quechua del sur del Perú? Ese fue Martín Chambi, nacido en 1891 en Coasa, Puno. Su infancia humilde, en el corazón de los Andes, marcó profundamente su visión del mundo. Desde joven, Chambi descubrió en la fotografía una herramienta poderosa para mostrar la belleza, la dignidad y la fuerza de su gente.

Aprendió el oficio en las minas de oro de Carabaya y perfeccionó su técnica en Arequipa, en el taller del reconocido fotógrafo Max T. Vargas. En 1917 abrió su propio estudio en Cusco, desde donde comenzó a capturar paisajes majestuosos, festividades populares y retratos que transmiten orgullo e identidad cultural.

Pero Chambi no solo tomó fotos: construyó un testimonio visual que rescata las raíces andinas y las conecta con el mundo. Sus imágenes de Machu Picchu, las calles del Cusco colonial y las comunidades quechuas revelan un profundo respeto por la Pachamama y las tradiciones ancestrales.

Hoy, más de un siglo después, el legado de Martín Chambi sigue vivo. Sus obras han sido exhibidas en museos de renombre internacional, y su mirada sigue inspirando a nuevas generaciones de fotógrafos y amantes de la cultura andina. Descubrir sus imágenes es viajar en el tiempo y sentir el pulso de un pueblo que, a través de su lente, encontró voz y permanencia.















martes, 16 de septiembre de 2025

El Inca Uyo

El Inca Uyo, también conocido como el Templo de la Fertilidad, es un importante sitio arqueológico ubicado en el pueblo de Chucuito, a 18 kilómetros de la ciudad de Puno, Perú. Su nombre proviene del idioma aimara y significa "miembro viril Inca", haciendo referencia a su función relacionada con la fertilidad. Este templo fue un centro ceremonial dedicado al culto de la madre tierra (Pachamama) y a la fertilidad tanto agrícola como humana, siendo un lugar donde se realizaban rituales para agradecer y pedir por la prosperidad de los sembríos y la capacidad reproductiva.

El templo está compuesto por más de 80 esculturas de piedra en forma fálica, que simbolizan la fertilidad. Una tradición relacionada con el lugar menciona que las mujeres que desean ser madres realizan un rito con hojas de coca y chicha de maíz; si el líquido vertido en las esculturas fluye hacia el centro, se interpreta como señal de fertilidad. Además, el templo, de alrededor de 200 metros cuadrados y rodeado por muros de piedra finamente labrados, había servido para determinar momentos agrícolas importantes. Se le atribuye un origen incaico, aunque su construcción puede tener influencias de culturas anteriores como Tiahuanaco y Pucará.

Inca Uyo es un símbolo cultural y espiritual importante del altiplano andino y sigue siendo un lugar de visitas tanto turísticas como ceremoniales tradicionales en la actualidad.



Las Rabonas

Mujeres Valientes que Lucharon junto a los Militares Peruano


En la historia del Perú, hay capítulos poco conocidos pero profundamente emocionantes que hablan del coraje y la entrega de mujeres que no se quedaron al margen de los conflictos. Las Rabonas son un ejemplo emblemático de estas mujeres que decidieron tomar las armas, acompañar y luchar codo a codo con los militares peruanos en momentos cruciales para la nación.

Este grupo de mujeres, llamado popularmente "Rabonas", surgió en contextos en que la defensa del territorio y la solidaridad patriótica no solo era tarea de los hombres. Ellas asumieron roles que iban desde llevar municiones y víveres, hasta participar directamente en combate, demostrando una valentía y compromiso que muchas veces fue invisibilizada en los relatos oficiales.

Las Rabonas representan la fuerza femenina en tiempos de guerra, un símbolo de resistencia y entrega total. Su participación pone en evidencia la contribución decisiva de la mujer peruana en la construcción de la historia del país, desafiando estereotipos y abriendo camino para que las futuras generaciones reconozcan su valor.

Recordar y difundir la memoria de las Rabonas es reconocer una parte fundamental de nuestro pasado, honrar su sacrificio y promover un sentido de identidad y justicia histórica en la sociedad peruana actual.






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